Cómo vendimos una empresa de 2 empleados en cerca de 1 millón de dólares.

Quiero contarte la historia de cómo nuestro emprendimiento llegó a ser vendido, con apenas 2 empleados, a una multinacional, por cerca de un millón de dólares. Decidí no guardarme (casi) nada, para ser un real aporte a los que están empezando en esto.

En Marzo de 2011, Jaime estaba de vacaciones y Baixas, mi otro socio, me comentó una idea de negocio mientras se le venía a la cabeza. Me dijo que a él le gustaría usar un sistema para pedir comida online. Decía que no le gustaba tener que llamar por teléfono, que se sentía incómodo al hablar con una señorita y explicarle los ingredientes que quería en su pizza. A mi me pareció una idea medio rebuscada, un servicio para computines tímidos (disclaimer: yo soy algo así como un “computín extrovertido”), pero después de googlear un poco me empezó a gustar más. Hicimos una mini-investigación de lo que había, supimos que en Estados Unidos estaban creciendo GrubHub y Seamless y que en Europa la gente usaba JustEat y DeliveryHero para pedir sus sandwiches a la casa. A ratos, viendo algunos videos, el fundador de GrubHub me parecía un tipo algo cansado y frustrado de una idea que se había demorado demasiado en despegar… pero también podíamos leer en distintas publicaciones que levantaban harta plata y el negocio crecía por el mundo. Como con nuestra googleada no vimos nada parecido en Chile, pensamos tontamente que quizás podríamos armar algo para entregarnos una entrada de plata “por el lado” y el día de mañana, quién sabe, tal vez nos compraban la empresa.

Cuando llegó Jaime nos apuramos explicándole la idea, como niños pidiéndole permiso al papá. En ese momento él era el más convencido de la idea de seguir empujando Voxound, un reproductor de música con un toque social que era lo único que habíamos estado construyendo en los últimos 2 años y que no lográbamos hacer despegar. Jaime accedió a probar esto otro, sin abandonar Voxound por completo.

Después de Jaime, tuvimos que convencer al inversionista ángel que teníamos en Voxound. Él, un señor muy buena persona de unos cincuenta y tantos, que por respeto a su privacidad aquí llamaremos Pedro, creyó nuevamente en nosotros. Estaba de a poco dándose cuenta que su inversión en Voxound no iba bien. Le propusimos que queríamos dedicar parte de nuestro tiempo a probar esta idea, y bueno, no solo entendió y accedió sino que incluso quiso invertir algo de plata en este proyecto. ¡Bien!

Empezamos por hacer una web que te pidiera tu dirección y te mostrara los restaurantes que estaba cerca, que mostrara al menos sus teléfonos. Luego de la discusión entre ponerle “quepedimos.cl” o “quehambre.cl”, el negro, el socio diseñador, se lució diseñando una página sencilla pero atractiva, y un logo muy ad-hoc. Ante dudas de diseño, lo obligábamos a asesinar al artista que lleva dentro y le pedíamos que copiara las soluciones de la página de GrubHub, para así demorarnos lo menos posible. Para llenar el directorio, buscábamos restaurantes por todos lados, entramos a nic.cl a buscar dominios que tuvieran la palabra ‘pizza’, ‘sushi’ o ‘sandwich’, hacíamos scraping de directorios, recorríamos calles tomando fotos, recolectábamos volantes de los edificios. Armamos una lista en un Google Spreadsheet bien rápido y la cargamos en un sitio web que subimos en un par de semanas.

Teníamos unos 300 restaurantes listados en la página cuando llamamos a unos periodistas que habíamos conocido por Voxound (La Cony Sturm de Fayerwayer y el que era entonces su pololo Gabriel Esteffan que trabajaba en LUN) para contarles que abriríamos esta nueva página dentro de poco.

Primero la Cony nos publicó en Fayerwayer, llegaron los típicos comentarios envidiosos y chaqueteros del querido chileno medio, pero empezaron a llegar también las felicitaciones y las visitas.


Voy a continuar la historia tal como fue. Si no has leído la parte 1, te recomiendo leer esa primero haciendo click acá. Te aviso desde ya que tuve que cortarlo en 3 partes!

Como te iba contando, nuestra página vendía comida a domicilio por internet. Muchos restaurantes no veían los pedidos a tiempo y aunque los llamaba una grabación automática a los 2 minutos, igual terminaba llegándonos una maldita alerta al celular porque algunos se demoraban demasiado en ver y aceptar el pedido. Yo y Jaime terminábamos llamando al restaurante para dictar el pedido y llamando también al cliente para pedirle perdón porque no quedaba pan ciabatta en el Sandbig de Las Condes.

Compramos entonces en Alibaba una maquinita horrible (subí la foto en el post anterior) que hacía un ruido infernal e imprimía los pedidos en un papelito. La integré yo mismo al sistema y la instalamos en un local del Pagoda para probar. Efectivamente solucionaba parte del problema, pero era muy cara. No teníamos plata ni para pagarnos un sueldo, mucho menos para ponerle una máquina de 150 lucas en cada local (que ya eran como 60).

Baixas hizo una torre con las cajas de volantes que mandamos a hacer y repartíamos a los edificios.

Entonces pensamos que era hora de crecer con cadenas de restaurantes. Yo sentía que sólo sabía convencer a los dueños de restaurantes. No entendía bien los “incentivos parciales” que tenían ciertos ejecutivos o gerentes. Le escribí entonces al dueño del PizzaPizza, porque sabía que él tomaba las decisiones de su restaurante, y era una cadena con más de 20 locales.

Mail que le mandé al dueño del PizzaPizza a fines del 2011

No me resultaba cerrar tratos con ninguna cadena. Me empecé a dar cuenta de que estábamos en verdaderos problemas. Ya no quedaba plata de la inversión y lo que entraba no alcanzaba. Nos asustaba pedir más inversión porque habíamos perdido la fe en que este negocio fuera bueno. Era demasiado esfuerzo por puras chauchas. El mercado chileno era muy chico. Lo que empezamos pensando que nos traería plata por el lado, la verdad es que nos traía problemas por el frente. ¿Cómo no estudiamos mejor el mercado antes de lanzarnos?

En esa época me encontré con Andrés Arellano en un Meetup de emprendimiento. Arellano era (y sigue siendo) un gran tipo, que estaba en ese entonces muy complicado con Buxus, su emprendimiento. Buxus era un sistema que entraba a la página del banco y sacaba datos para armar gráficos y consolidar distintas cuentas. Creo que el principal problema que tenía Arellano para su negocio era que cada cliente tenía que confiar en Buxus (o en él personalmente) y entregarle el password del banco. Tal vez en gran parte fue problema de timing, y ahora a los de Finciero seguramente les va a resultar mejor.

Arellano me comentó que estaba pensando dedicarse a hacer desarrollo de software para empresas, como una forma de lograr resistir y no tener que emplearse. Estaba negociando cobrar como 5 millones de pesos por hacer una aplicación para una farmacia. A mi en ese momento me pareció negocio redondo, 5 millones! Una fortuna por algo tan simple, pensaba.

Decidimos formar Platanus, una empresa de desarrollo de software a la medida. Yo lo veía como “vender un pedazo de alma” para que nos entrara algo de plata, para así poder seguir emprendiendo. Tanto Buxus, el negocio de Arellano, como QueHambre pasaron a ser de Platanus. Jaime seguiría dedicado a QueHambre, los demás nos dedicaríamos Platanus.

Mientras tanto, QueHambre seguía creciendo lento. No entraban más de un palo y medio al mes, pero ahora que estábamos vendiendo nuestro tiempo para desarrollar para otros, por fin podíamos gastarnos esa plata en el sueldo de alguien que viera la operación. La otra ventaja inesperada de apartarnos fue que pudimos mirar el “negocio” con ojos más objetivos y pensar más como “empresarios” y menos como computines trabajólicos.

Entonces pusimos un aviso en el blog de Platanus que decía “Buscamos un pulpo, alguien que pueda hacer de todo al mismo tiempo”. Un día, estábamos en un Starbucks con Andrés, el socio nuevo, y, entre otros, nos llegó un mail de una chiquilla que había estudiado arte, pero que por alguna razón se sentía identificada con la imagen de un octópodo multifacético. Ella estaba trabajando de moza en un restaurante y le interesaba nuestra propuesta. La llamamos y dijo, “Dónde están? Voy altiro”. Nos encantó que quisiera ir al instante y cuando llegó nos convenció al tiro y la contratamos. Nos alivió mucho la operación.

En esa época conocí a Felipe Ríos, un crack del marketing digital. Felipe me comentó que recién acababa de aparecer el sistema de “remarketing” de Google. Con esto, Google te dejaba marcar a los visitantes de tu sitio y después mostrarle avisos a esas personas en otras páginas. Eso nos daba la oportunidad de darles a nuestros pocos usuarios una sensación de empresa más seria, que tiene plata para publicidad, invirtiendo muy poquita plata, pensé. Nos movimos rápido, que claramente es una de las gracias que tienen los emprendimientos en comparación a las empresas más grandes. Le saqué unas fotos a la Antonia el fin de semana y las subí a Adwords para probar el famoso remarketing.

La Antonia posó de modelo para la publicidad online de QueHambre

Después con Jaime pensamos pruebas más elaboradas: En lugar de mostrar el teléfono de cada restaurante directamente, teníamos un botón que decía “Ver Teléfono”. Cuando clickeabas en ese botón, podías ver el teléfono, pero automáticamente pasabas a la lista de “los que usan QueHambre pero llaman por teléfono” y te hacíamos publicidad especial para tu caso. Tenía un efecto super bueno. El dueño del Fajita Express me llamó un día emocionado “Vi un aviso de ustedes en YouTube! qué bien les está yendo!”

Dos meses después (esperé demasiado!) volví a insistirle a Fernando, el dueño del PizzaPizza. Esta vez traté de engancharlo por un lado más humano, que nos juntáramos simplemente a compartir un café. Increíblemente aceptó. Es clave ser un humano insistente 🙂

Tengo que confesar que, antes de juntarme con él, Fernando me producía una mezcla de admiración y miedo. Admiración por lo que había leído sobre su tremenda lucha con los gringos Domino’s Pizza. Y miedo, bueno, por lo mismo. Le dije que me producía admiración pero no le confesé mi miedo.

Fernando resultó ser todo un personaje, un empresario muy inteligente. Fue tremendamente buena onda pero me comentó que lamentablemente el software de sus locales era muy antiguo y los computadores ni siquiera tenían Windows (creo que sigue siendo así), así que no podríamos trabajar. Me acordé de nuestra bendita cucaracha china que imprimía pedidos en el Pagoda, se la mencioné y me propuso juntarnos ahí en el restaurante para ver cómo funcionaba. Menos mal habíamos hecho esa prueba, a él la maquinita le parecía indispensable. Llegamos a un acuerdo de caballeros parados en el piso de baldosa del Pagoda: tendríamos al PizzaPizza en nuestra página, pero solo si nosotros trabajábamos en modificar la página de PizzaPizza para incluirle los pedidos online ahí también. Aceptamos hacerlo. No sería hasta muchos meses, transpiración, peleas, gritos y sufrimiento que lograríamos terminar de programar la infinidad de detalles que Fernando nos pidió programar en su sitio web.

Para comprar las máquinas para PizzaPizza, recurrimos otra vez a Pedro, quien se ofreció para prestar 3 millones de pesos. Creo que si nos hubiera visto realmente entusiasmados con el negocio, Pedro, o incluso algún otro inversionista, habría invertido la plata necesaria para que nos dedicáramos más enfocados al negocio, pero la verdad es que no nos atrevíamos ni queríamos. No logro definir en mi cabeza si eso fue un error o no.

Finalmente el esfuerzo con PizzaPizza valió la pena. Con el contrato subió algo la entrada de plata pero igual se iba gran parte en el sueldo de la Dani. Hay que tener claro que los sueldos líquidos finalmente son como la mitad de lo que le cuesta a la empresa, entre impuestos, vacaciones, lugar de trabajo, etc., y que la entrada “promedio” significa que hay meses que entra mucha menos plata, y los sueldos no perdonan.

Al rato decidimos invitar a Hernán, un amigo de mi hermana chica, en ese momento ingeniero comercial recién recibido, que se encargaría del crecimiento de QueHambre y de suplir el trabajo de Jaime. Nosotros empezamos a dedicar cada vez menos tiempo a QueHambre y más a armar Platanus que hoy es nuestra boutique de software que crea productos para empresas innovadoras como Crystal Lagoons, Latam y Walmart pero también invierte en sus propios productos. Por fin QueHambre se financiaba y funcionaba más o menos por su cuenta.

Bueno, un día cualquiera de estos, iba llegando a la oficina y un amigo de la U, Andrés Gottlieb, me llamó y me dijo “Compadre, los de Rocket Internet te quieren comprar, te voy a poner en contacto con Paul, un amigo, que trabaja para ellos”. No lo podía creer. Sentí como me llegaba más sangre a la cabeza y se me abrían los ojos.

Rocket Internet es una empresa bastante grande, fundada por unos hermanos alemanes. Puesto burdamente, lo que hacen es identificar negocios que ven funcionando en USA, les copian hasta el nombre, ponen un MBA estresado a cargo, tiran muchos billetes de JPMorgan encima y revuelven a fuego fuerte hasta que suelte hervor. Si falla, despiden a todos sin piedad y parten otra vez. Este plan les resultó de maravilla con CityDeal, un clon de Groupon que le vendieron al mismo Groupon en “3 dígitos en millones” y de ahí en adelante lo han repetido sin parar.

Un rato después de colgar con Gottlieb, me llamó Paul Kisiliuk, un chileno que, al igual que todos los Rocket Internet, en ese momento venía volviendo de hacer un MBA y era “country manager”, o algo así, para FoodPanda, el clon que estaban replicando por todo Latinoamérica. Paul me explicó que FoodPanda abriría sí o sí en Chile, con “mucha plata para marketing” y con la “fuerza de una cadena internacional”. Me dijo que personalmente le encantaba la marca “QueHambre” y que quería que “hiciéramos negocios”. Nos alegramos pero también nos cagamos de susto, si no salía el negocio nos aplastarían a punta de descuentos y comisión cero. Al menos eso pensábamos.

Después de mucho hablar, juntarnos con Paul en la oficina, armar “calls” con MBAs alemanes y españoles por Skype y desarrollar mi querido colon irritable, me llamó Paul al celular y me explicó que nos ofrecían lo siguiente: seríamos dueños de un 1% del negocio de FoodPanda en latinoamérica (que era básicamente nada), un 5% del negocio chileno (básicamente el propio QueHambre) y ellos pondrían USD200.000 de inversión en Chile — “Paul, y eso es todo? No nos ofrecen ni un peso, ningún billete pal bolsillo?” — “No”.

Les escribimos de vuelta con la ayuda de Pedro y Cristián (que era socio de nosotros en Voxound que se empleó pero siguió aportando plata y visión), explicando elegantemente “…we really need a material element of cash in a possible deal (…)”, explicando que no nos era atractiva la oferta tal cual pero que quizás podíamos llegar a algún acuerdo. La respuesta de los alemanes se podría traducir al chileno como “ya, dale, cachemos… te llamo”. Yo sentí que nos habían agarrado pal hueveo.

Algunas personas, como Raimundo Cerda de Aurus, nos sugerían sabiamente abrir QueHambre en otros países, pero por alguna razón no nos atrevíamos. Aunque ahora pienso que habría sido lo mejor, creo que cambia la percepción cuando pasa el tiempo. Nuestra confianza en el negocio de QueHambre seguía a la baja, algunos restaurantes nos pedían sacarlos del sistema, muchos trataban de engañarnos, había una chinita que sistemáticamente les ofrecía $1.000 de descuento a los clientes “si hace el plóximo pedido pol teléfono”. Ahora creo que no debimos preocuparnos por esos detalles.

Entonces empezaron a aparecer nuevos competidores aquí en Chile. Se empezó a llenar, en realidad. Además de Comeclick, que a estas alturas iba muy por detrás nuestro, aparecieron ComamosAlgo, PedidosYa y unos argentinos muy cancheros de Startup Chile que no me acuerdo cómo se llamaban. A todo esto había que sumarle Rocket Internet con su “FoodPanda” que cambió de nombre a “HelloFood” y que la verdad es que tenían y gastaban mucha plata pero les iba bastante mal. Puede sonar cliché pero es verdad que por mucha plata que gastes y MBAs que tengas, es más importante ponerle un poquito de corazón a las cosas.

ComamosAlgo era una empresa muy curiosa. El fundador era Alex Harrild, un gringo hiperactivo con acento escocés, que estaba en Chile porque tenía un contrato como trompetista en el Teatro Municipal. Alex era realmente un loco imparable. Nos decía que había hecho su plataforma (malísima) con unos programadores en india. Hablaba horas con todos los dueños de restaurantes, en un “español” inentendible les decía que trabajaba con QueHambre, que trabajaran con nosotros, que nosotros trabajaríamos con ellos, los enredaba, después les decía que no trabajaba con nosotros pero nosotros trabajábamos con él, no para él, los convencía, los confundía, los enredaba y terminaba por cansar y así iba cerrando acuerdos.

El negocio de ComamosAlgo hacía lo mismo que QueHambre, pasaba pedidos de internet a los restaurantes, pero al poco andar Alex hizo lo que nunca se nos habría cruzado por la cabeza hacer: se compró una moto y empezó a hacer repartos personalmente. Luego de algunos meses nos contó que tenía 16 motoristas trabajando con él. No lo podíamos creer. Empezó a llegar a acuerdo con restaurantes que no hacían despacho a domicilio, logró convencer al Ruby Tuesday y otras cadenas . Entonces empezó a hacer negocios con nosotros: nosotros publicábamos al Ruby Tuesday en nuestra página, él repartía, nos pagaba nuestra comisión por venta y él se ganaba el costo de despacho. Tenía mucha liquidez porque la gente le pasaba los billetes a sus motoristas y él le pagaba con semanas de desfase a los restaurantes y a nosotros. Es importante la liquidez. Cada cierto tiempo aparecía con el casco puesto en nuestra oficina, con $800.000 en billetes, y se quedaba conversando un buen rato con la Dani o con Hernán.

Un poco después, Alex empezó a crecer y crecer. Manejaba mucho efectivo, y según él ganaba mucha plata, tanto que llegó a ofrecernos comprar la empresa. Nos ofreció informalmente como 50 palos. Nos negamos instantáneamente, pero la verdad es que al menos los fundadores no estábamos tan lejos de querer aceptar un acuerdo así, que nos dieran una platita y olvidarnos de tanto problema.

En fin, por toda la competencia que había, y por nuestras pocas ganas de lanzarnos a expandir el negocio hacia afuera, decidimos, sin estar tan convencidos, que nuestra estrategia sería la que llamamos “la última vieja del edificio”: si seguíamos operando bien en Santiago, alguien terminaría por querer comprarnos, igual como cuando una inmobiliaria quiere comprar un edificio entero, y al final tiene que comprarle el departamento a la vieja que no se quiere mudar, cueste lo que cueste. Este era un negocio de volúmen por lo que, eventualmente, los grandes necesitarían crecer rápido y si querían entrar en Santiago, por ahora éramos la opción más evidente.


Esta es la tercera parte y final de la serie en que te cuento lo más directamente posible cómo fue todo, la parte 1 está aquí y la parte 2 acá, te recomiendo partir por ahí!

Como te iba contando, seguíamos resistiendo en QueHambre.cl, nuestra página para pedir comida a domicilio, con dos empleados que hacían de todo. Habían varias otras páginas que hacían lo mismo, pero nuestros usuarios nos querían un montón, probablemente gracias a que nos tomábamos en serio el soporte y cuando la cagábamos simplemente pedíamos perdón sin excusas.

Si bien lográbamos facturar cerca de 3 palos mensuales, al final costaba que llegara la plata a la cuenta, porque eran muchos restaurantes y cada uno nos debía unas pocas lucas. Habíamos rechazado la oferta ridícula de Rocket Internet, la oferta pobre de Alex, y estábamos en una conversación muy inicial con el colombiano, José, de ClickDelivery, para “hacer algo juntos”. Le preocupaba que el mercado chileno fuera muy chico.

En junio de 2014, nos contactó Ariel de PedidosYa. Jaime y yo hablamos con Ariel por Skype y nos dijo, sin mucho preámbulo, que quería hacernos una oferta por el negocio de QueHambre. Así no más. Ariel se notaba un buen tipo, sin rodeos, todo lo contrario a los de Rocket, Ariel era directo y buena persona. Me pidió que le mandáramos algunos datos de los pedidos. Estábamos felices pero algo incrédulos. Nueva llamada y nos dice que está dispuesto a pagar USD 500.000 pero ni un peso más. La gracia, según él, era que salíamos “limpios” sin necesidad de seguir empujando la empresa ni nada. Nos alegramos un montón de por fin tener a alguien dispuesto a darnos un buen precio. Entonces me salió desde adentro el negociador que no conocía hasta entonces: le dije que me parecía baja la oferta, que muchas gracias pero no gracias. En realidad no teníamos idea que alguien podía estar realmente dispuesto a pagar eso y así, al contado, pero claramente no podíamos decir que sí antes de pensarlo muy bien, y si decíamos que no, por último igual podíamos decir después que bueno ya.

Cuando le contamos a José el colombiano que habíamos recibido una oferta, nos dijo nervioso en su fantástico acento de Bogotá “oigame, espéreme usted ahí, que ya me voy yo para allá”, era viernes, se tomó un vuelo el domingo y llegó con su socio a compartir un asado con nosotros el lunes. Su apuro mostraba mucho interés y nos entusiasmamos. Durante el asado casi no hablamos de negocios, jugaba Chile contra Holanda en el mundial y medio nerviosos vimos cómo perdía Chile todos juntos en la oficina. Durante el partido José nos repetía cada tanto “bueeeno, dígame cuánto le ofreció PedidosYa, ya, digameeeee” nosotros nos reíamos y nos negábamos a decirle, hasta que luego de mandar unos whatsapps nos dice “ya está, les ofrecieron 500”. Quedamos impresionados, ¿Cómo podría haber averiguado eso?

En la noche fuimos con Jaime y los dos colombianos al Baco. Elegimos el Baco porque es un restaurante buenísimo, atienden muy bien, la comida es rica y siempre está todo impecable. Además, el comprador invita! Jaja. Ahí conversando llegamos a que ellos querían comprar QueHambre pero querían también que nos quedáramos trabajando para lograr ciertas metas. Todo parecía marchar relativamente bien, iban a superar levemente la oferta de PedidosYa, pero no nos convencía mucho la idea, sobre todo porque además de no ser mucha plata, José pretendía que siguiéramos empujando el negocio y nosotros (tal vez sobretodo yo) preferíamos venderlo y dedicarnos a otra cosa.

Cuando José ya estaba de vuelta en Colombia, y afinábamos el plan con ellos, sorpresa, recibí un contacto por Linkedin de un tal Spyro, de Rocket Internet. Me dijo que estaba al tanto de la oferta (mugrienta) que habíamos recibido hace 1 año de parte de ellos, que sabían que no había sido honesta pero que esta vez iban en serio. Coordinamos una reunión en las oficinas de HelloFood, donde tuvimos un Skype con un español de Rocket, que nos dijo que querían comprar QueHambre y que le enviáramos datos del número de pedidos mensuales. Le dijimos que no nos había gustado la actitud de Rocket la vez anterior, en que parecían jugando con nosotros, y que solo estábamos dispuestos a conversar si nos prometían seriedad. Así, choros.

No lo podíamos creer, la verdad es que nunca nos imaginamos que tendríamos una oportunidad así: tener tres empresas ofertando comprarnos al mismo tiempo era nuestro sueño hecho realidad. Venderle a Rocket nos generaba mucha duda, porque eran y siguen siendo conocidos por ser un mono con metralleta a la hora de hacer negocios. Ya habíamos escuchado los cuentos que demostraban que muchos escrúpulos no tenían. Por ejemplo que, cuando necesitaban un community manager, eran capaces de armar un equipo de 10 periodistas para despedir a 9 el mes siguiente y así quedarse con el mejor (muerto de susto, claro). O que luego de invertir más de 2000 millones en un negocio multinacional, podían en una conversa de fin de semana decidir cerrar todas las oficinas en el mundo y el lunes recibirían a los empleados con sus cosas en cajas.

Llamamos a Pedro, nuestro inversionista ángel, y le expliqué lo que estaba pasando. Pedro con mucha sabiduría nos empujó a decirles un número tremendo. Es bastante obvio que conviene hacerlo así, pero uno en esas ocasiones como que no se atreve a decir números tremendos. No sé por qué.

Luego de un tira y afloja intenso, llamados por Skype, mucho bluff y cara de poker, llegamos a un acuerdo en el precio y la forma de pago. Nos pagarían algo así como USD 750k más otro monto similar si lográbamos ciertas metas que en realidad eran imposibles.

Llamamos entonces otra vez a nuestro querido Colombiano, José Calderón y le preguntamos si estaba dispuesto a subir su oferta. Después de pensarlo, o fingir pensarlo, dijo que hasta ahí no más llegaba. Entonces, firmamos la carta de exclusividad con Rocket, que indicaba que, por un cierto plazo, sólo negociaríamos con ellos y no volveríamos a contactar a otros interesados. Confiábamos mucho más en José, pero la oferta de Rocket era claramente más atractiva y no exigía quedarnos trabajando adentro.

Entonces empezó la locura, llegaron a nuestra oficina, que era una pieza en una casita con la alfombra bastante gastada y las paredes más bien sucias, unos abogados de Claro y Cia. con corbatas elegantes y zapatos lustrados, junto con otros señores muy enchaquetados de Price Water House Coopers. Uno de los abogados de Claro era justo un amigo del colegio, Alfonso Ugarte, un tipo muy simpático y que fue presidente del centro de alumnos justo después de mi. Venían a hacer un “due dilligence” de QueHambre, a nombre de Rocket Internet. Nos hicieron muchas preguntas, algunas un poco fuera de lugar para el tamaño de nuestra empresa. “Deme la planilla de empleados” — y yo “No quieren verlos en persona mejor? Dani! Hernan! Vengan porfa?!” — “Ahora deme el listado de activos de la empresa” — “Eh.. atrás creo que hay un monitor viejo…” — y un montón de preguntas que nos hacían reír porque claramente ellos no estaban muy acostumbrados a hacer procesos de compra por empresas en que su valor estuviera tan “en la nube” y tan poco en el mundo físico, y porque para nosotros este proceso era totalmente nuevo.

Por esos días apareció en nuestra oficina Alejandro Ponce, un español barbón, introvertido y flaco que trabajaba en Rocket Internet. Alejandro era un tipo alternativo, su casa era su maleta (que dejó en una esquina de la oficina cuando llegó), vivía en hoteles y viajaba por el mundo. Fuimos al Starbucks, se pidió un té verde venti y hablamos de QueHambre. Él sí entendía mucho más lo que estaban comprando, le dimos acceso a nuestro Google Analytics, miró lo bien que estábamos rankeados en Google, se quedó en la oficina calculando algunas cosas y al terminar la tarde se fue. En general con Alejandro se generó bastante buena onda y ayudó a que disminuyeran nuestras dudas con respecto a la idea de hacer negocios con Rocket.

Recién a estas alturas nos convencimos que Rocket hablaba en serio. No podían estar bluffeando o tonteando si estaban dispuestos a pagar todo lo que cobra Claro y Cia. y Price Water House, pasajes y hotel para Alejandro, etc.

Decidimos que necesitábamos contratar nuestro propio “bufete de abogados”. Claramente no íbamos a ir donde Carey, pero tampoco queríamos un abogado freelance. En nuestro tour por el “mall de los abogados”, o sea, El Golf, nos llevamos la sorpresa de que nuestros amigos los abogados tienen una oficinas realmente impresionantes, aunque sus tarifas son aún más impresionantes. Entre las oficinas que visitamos estuvo Zegers, que atendió a los Clandescuento en su venta a Groupon. Finalmente, llegamos a la oficina de Barros, Silva, Varela & Vigil con quienes llegamos a un acuerdo muy caro. Tal vez por falta de experiencia, o tal vez, por la emoción de estar vendiendo una empresa, acordamos un pago por hora de 3.5UF (lo cual increíblemente es considerado por los abogados como algo “barato”.)

Las semanas pasaron, los de Claro nos pedían cientos de papeles y tuvimos que invertir mucho tiempo armando reportes en Excel, discutiendo con nuestro abogado (a luca y media por minuto) y respondiendo dudas de la gente de PwC y Claro. Cada cierto tiempo nos juntábamos a revisar el contrato de compraventa, que además de ser eterno, estaba escrito en dos columnas, español e inglés. Nuestro abogado, Jorge Vigil, además de cobrar caro, mostró ser super buen abogado, hablaba inglés perfecto y nos ayudó un montón, aprendimos muchos conceptos clave a la hora de vender una empresa.

Se acercaba el 18 de septiembre y estábamos con casi todo listo. Ya habíamos discutido y eliminado la mayoría de las diferencias con Rocket. El contrato, larguísimo, estaba escrito y listo para firmar. Iba en el auto cuando me llamó Alejandro el español — “Tío, espero que estés bien, mira, nada más te quiero comentar que, bueno, me he enterado de que tenéis fiestas el 18 y bueno, pues nada, que es mejor si esperamos ya al lunes a la vuelta, que les hacemos el traspaso del dinero entonces y ya. Los bancos se demoran montones, pero en fin, ya está, firmamos el lunes y el dinero les estaría llegando digamos el miércoles o algo. ¿Te parece?” y yo, que estaba con los latidos a mil manejando mi autito, “Vale, perfecto, el lunes, el lunes firmamos y transfieren, perfecto.” cuelgo y “Bien mierdaaa!!!”

El lunes, al llegar a Santiago de vuelta de la playa, estaba ansioso por que se concretara el negocio. No pasó nada. Martes, nada. No me contactaron en toda la semana. Me di cuenta que se me había generado una especie de hábito, en que revisaba el celular apenas despertaba, esperando encontrarme con alguna novedad. Así habían sido los últimos 2 meses, porque los de Rocket estaban en otra zona horaria y las novedades llegaban aquí de noche. Cada día me levantaba con la esperanza de ver novedades, y cada día me frustraba al ver que no había nada. En general soy super optimista, pero luego de algunas semanas de esta tortura mañanera, se me empezó a notar la depresión.

Mandé algunos emails a Spyro de Rocket, preguntándole cómo seguíamos, que qué les faltaba. Me decía que estaba ocupado. Que estaban destinando mucho tiempo al IPO de Rocket (se abrió a la bolsa justo en ese tiempo).

Pensaba que luego de todos estos meses intensos y de dejar de lado Platanus, dedicando todo mi esfuerzo en que el proceso de venta resultara bien, todo estaba terminando de la peor forma posible, con una incertidumbre gigante y con un pésimo augurio. No teníamos respuesta, no sabíamos qué hacer, lo más probable era que todo hubiera terminado ahí. En algún momento, Spyro, me comentó por Skype “trust me, your company will be sold” lo cual me volvió a dar unas esperanzas raras, pero luego me acordé de con quién estaba tratando y pensé que lo que querían era tenernos ahí pendientes.

Le comentamos al colombiano lo que estaba pasando, que Rocket nos tenía en un hilo, que no parecía que se fuera a concretar nada. José comentó que le parecía una lástima lo que había hecho Rocket, pero no habló mucho más del tema. En la conversación nos contó lo que antes no había podido explicar: que ellos (la empresa colombiana) habían sido comprados por DeliveryHero, una empresa alemana, y que a PedidosYa también lo habían comprado estos alemanes, y por eso era que él había podido averiguar por Whatsapp cuánto nos había ofrecido PedidosYa.

Empezamos a sentir que la oportunidad se había evaporado. Tal vez no era el minuto. Nos tocaba seguir trabajando y empujando QueHambre. Pedro, el inversionista, nos sugería pensar que tal vez convenía seguir. Empezamos a pensar que tal vez era eso lo que teníamos que hacer, seguir adelante y olvidar la venta. Tenía sentimientos encontrados: por un lado me entusiasmaba la idea de volver a enfocarnos, de seguir empujando con la ilusión de hacer crecer el negocio, pero también es verdad que a estas alturas odiaba cualquier problema remotamente relacionado a la comida a domicilio, ni siquiera yo mismo pedía comida a domicilio.

La incertidumbre me mataba. No queríamos parecer desesperados, pero ya unas 5 o 6 semanas después del maldito lunes, decidí llamar al español por Skype hasta que me contestara. Cuando me contestó Alejandro, fui muy pesado y le dije que me parecía que no había actuado bien como persona. Le dije que no era humano dejarnos así en nada, sin siquiera decirnos lo que había pasado. Entonces me dijo “Agustín, hombre, es que tienes toda la razón, te pido mil disculpas, y es que no te había podido decir nada, estábamos en medio de algo, pero no te puedo explicar. El tema es que el board ha decidido no compraros, es todo lo que puedo decirte.”.

Al menos la incertidumbre terminó. Ok, el tema ya no iba.

Algunas semanas después, recibí otra llamada de Alejandro, el español de Rocket. “Hombre, Agustín, ahora sí que puedo decirte lo que no podía decir antes…. y nada, tío, es que nosotros hemos vendido nuestro negocio a Delivery Hero, ¿sabes?, es una empresa alemana muy grande, que ha comprado también a PedidosYa y ClickDelivery de colombia.” — “Ah, mira tu”

“Y, bueno, claro que buscan comprar QueHambre también.”

Qué locura, pensaba yo. Entonces todo esto se resumía en que DeliveryHero, la empresa alemana, había salido de compras y decidió ni más ni menos que comprárselo todo.

El contacto designado por DeliveryHero para comprar QueHambre era el propio PedidosYa. Al rato nos volvió a escribir Ariel, de PedidosYa. Nos explicó lo que ya sabíamos, que ahora DeliveryHero había invertido en ellos y tenían la plata suficiente como para encontrar un precio justo. Nosotros pensamos que DeliveryHero probablemente les había dicho a los de PedidosYa que nos compraran sí o sí, y que no les importaba mucho unos cuántos dólares más o menos. Con esta idea en la cabeza, pudimos negociar relativamente bien. Por otro lado, con todo lo que había pasado, a veces nos imaginábamos verdaderas ganas de seguir haciendo crecer QueHambre y eso ayudaba en la negociación.

Rápidamente acordamos que nos pagarían USD$900.000.

Luego de un par de conversaciones vía Skype con Ariel y un abogado argentino, llegamos a un acuerdo de contrato de compra venta. Fue infinitamente más fácil y barato que el intento anterior, nadie nos visitó físicamente, no tuvimos largas reuniones ni gastamos demasiado en abogados, solo un par de emails y conversaciones directas y francas entre emprendedores. Voy a insistir con esto: los PedidosYa, Ariel, Ruben y los otros, son todos unos caballeros, personas muy razonables y humanas. De verdad espero que lleguen muy lejos con su negocio.

Cuando llegó la transferencia fue menos emocionante de lo que uno se imagina, por un rato son sólo números en una pantalla. Lo que sí es genial es la sensación de que todo terminó bien, el relajo de pensar que ya fue. Cerramos un ciclo, hicimos un buen negocio. Se evaporó toda idea de seguir con este negocio. Firmamos un acuerdo de no competir. Siendo sincero, me puso contento poder alejarme completamente del mundo de los restaurantes y la comida a domicilio, que nunca me gustó demasiado.

Decidimos no comprarnos un Ferrari cada uno, Baixas no se alargaría las orejas como un duende y yo no tendría mi piscina de frambuesas. Decidimos invertirlo todo de vuelta en nuestra empresa, para dedicarnos a lo que más nos gusta: la creación de nuevos negocios online. Hoy día me dedico 100% a Platan.us, donde nos asociamos con expertos y ayudamos a darle vida a sus emprendimientos, buscamos inversión juntos, nuestro equipo de 10 programadores hace el desarrollo y yo intento entregar mis conocimientos en marketing digital para lograr que sean un éxito. Actualmente puedes ver dos proyectos en vivo que son empujados por Platanus: SurBTC.com y Fintual.cl

FIN!

por Agustin Feuerhake L.

Link Original: https://blog.platan.us/@agustinf

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